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Macosa (ii)

por Miguel
viernes, 29 de mayo del 2009 a las 13:04

Las naves de MACOSA han permanecido abandonadas durante casi veinte años. Durante ese tiempo, hasta su desalojo forzoso en 2008, se convirtieron en la casa y refugio de muchas familias. Sus altos muros, que ocultaban su interior, no hacían sino aumentar mi curiosidad por averiguar qué habría allá dentro, que habría quedado del pasado industrial de aquella empresa. Así que, un día, sin pensarlo demasiado, cogí la cámara, crucé las vías del tren y entré.

Sabe Dios quién había realizado un butrón en uno de los muros por el que a duras penas, encogido, se podía acceder al interior. Desde fuera podía verse algo, pero nada comparable a lo que se observaba traspasado ese pequeño umbral. La suciedad lo dominaba todo, impregnado de un color óxido que contagiaba incluso el aire. Todo parecía más triste allá dentro. Una nave enorme llena de hierbajos que, en algunos puntos, llegaban hasta las rodillas, chatarra, carritos de supermercado y restos de material de construcción. A lo lejos, al fondo, se veía un par de coches. Dí un vuelta explorando qué podía encontrar, tomando algunas fotografías: un sofá raído, una bota, más carritos de supermercado... Los antiguos baños se habían convertido en un lugar insalubre en el que, a pesar de la falta de agua e higiene, algunos seguían haciendo sus necesidades.

Las naves de MACOSA se habían convertido en los últimos años en un refugio de vagabundos y de drogodependientes, y algunos anexos de esa misma fábrica en las improvisadas viviendas de familias gitanas, pero también de otras que no podían pagar un alquiler. Que no podían pagar ni siquiera la comida a sus hijos. Familias que vivían al día.

Decidí internarme más. No se veía ni un alma, a pesar de que instantes antes de que entrase había visto salir a un chico joven, con la ropa desgarbada y muy sucia, de allí dentro. Llegué hasta los coches: chatarra que conservaba la forma del vehículo, pero sin nada más. Algunos estaban volcados. No pude dejar de pensar cómo los podían haber introducido allí, si ya desguazados o con el trabajo todavía por hacer. Ví que dos hombres, tal vez de mediana edad pues la lejana no me dejaba distinguirlos con claridad, se habían quedado de pie junto al agujero tanto de entrada como de salida. No creí que les hiciera mucha gracia que alguien anduviera sin su permiso por allá dentro haciendo fotos, y mucho menos con una cámara tan cara, de modo que preferí internarme más y alejarme de su mirada, evitando que me vieran.

Los espacios interiores eran auténticos vertederos. Para pasar hacia ciertos lugares había que caminar sobre la basura. Con cada pisada corrías el riesgo de hundirte en la inmundicia hasta las rodillas. Pasar por aquellas zonas en que la basura superaba el metro y medio de altura hubiera sido ya una locura. Las cucarachas campaban a sus anchas por los pantalones vaqueros y las asustadizas ratas corrían a refugiarse con cada nuevo paso. Tomé unas cuantas fotos a un par de habitaciones en que había botellas de cerveza a medio terminar, y ante la cercanía de unas voces decidí esconderme en una furgoneta de la que únicamente quedaba el metal. Decidí seguir avanzando hacia otras naves, ante la imposibilidad de poder salir. Creo que estuve cerca de un par de horas tomando fotografías, hasta que el butrón en el muro quedó libre. Había visto a un par de personas merodeando bastante lejos: me habían visto, pero como las ratas, se tornaban huidizas ante el objetivo de la cámara. Cuando ya iba a salir, ví a un hombre de unos treinta años parado observándome, a unos cien metros, poco más o menos. No supe de dónde había salido, ni lo había escuchado. Levanté la cámara para intentar hacerle una foto con el teleobjetivo, pero en ese momento me increpó. Y lo mejor que se puede hacer cuando un desconocido corre hacia tí es correr también. Salí de allí con el corazón a punto de estallarme y los pulmones ardiendo. Todavía tuve tiempo de tomar un par de fotografías más -la muñeca solitaria, ¿a qué niña habría pertenecido?- antes de volver a casa.

Aquel lugar transmitía una tristeza y una soledad, una desesperación y una impotencia, que me persigue hasta hoy, y que vuelve a mí cada vez que paso ante esas viejas naves industriales. Espero que esos recuerdos no desaparezcan con ellas. Son el símbolo de lo mezquinos que somos los seres humanos, de las grandes diferencias sociales que permitimos, por obra o por omisión.

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Macosa (i)

por Miguel
miércoles, 13 de mayo del 2009 a las 10:14

Material y construcciones S.A., también conocida como Construcciones Devís S.A., CEC-ALSTRON o Vossloh. Su acrónimo, MACOSA. Su valor: haber sido un referente de la industrialización valenciana durante el siglo XX. El conjunto de naves, actualmente, está siendo derribado.

Construcciones Devís S.A. fue fundada por la familia Devís en 1921, una de las familias pioneras de la industrialización de finales del siglo XIX. Su fábrica, cuya construcción comenzó en 1922 y que se alargaría hasta 1930, sin contar remodelaciones y ampliaciones posteriores, se ubicó en la ciudad de Valencia, entre la actual calle de Sant Vicent y las vías de la RENFE, que en unos años serán ya historia. Las primeras naves del complejo fueron planeadas por el arquitecto Javier Goerlich, y se acabaron de construir entre los años 1926 y 1928 con el objetivo de albergar la maquinaria y el espacio necesario para la fabricación, principalmente, de locomotoras, una tarea que conservó tras la fusión en 1947 con Material y Construcciones S.A. dando lugar a MACOSA. Las estructuras diseñadas por Goerlich aún hoy se mantienen en pie junto a los trenes que cada día entran y salen por decenas de la estación de Valencia, aunque al parecer no lo estarán por mucho tiempo, dado el ritmo de las obras de derribo que, finalmente, han decidido no respetar nada a favor del futuro Parque Central, a pesar de que su valor arquitectónico es indiscutible.

La empresa no se dedicó exclusivamente a la fabricación de material ferroviario, puesto que la sociedad poseía diversos centros en que la producción se diversificaba. La sede de Valencia, sin embargo, se volvió importante y conocida precisamente por su especialización en el campo de las locomotoras. De las naves que actualmente se están derribando salió el último pedido por parte de RENFE de locomotoras de vapor, las míticas MIKADO, fabricadas entre 1953 y 1958. Las locomotoras de vapor valencianas habían inundado el estado español, pero su período de oro, entre finales de los años 50 y los años 60, llegó abruptamente a su fin. Durante la época de construcción de estas locomotoras de vapor, las últimas de su especie, la fábrica valenciana llegó a albergar en plantilla a más de 1.600 trabajadores (1953).

Con el Plan de Reconstrucción, encaminado hacia una reconversión menos autárquica de la economía que daría como fruto, entre otros, el Plan de Estabilización y los Planes de Desarrollo, MACOSA supo adaptarse a los nuevos tiempos: fue pionera en la fabricación de elementos y estructuras metálicas, pero sobre en material ferroviario con la construcción de unidades ferroviarias y locomotoras eléctricas, coches de pasajeros, furgones metálicos, vagones... La mano de obra es cada vez más cualificada y especializada, la que le permite un rendimiento mayor que el de otras empresas y las demás sedes de MACOSA. Para hacer frente a esta nueva etapa construye en los 60 una nueva nave de 180 metros de longitud para la fabricación de locomotoras, al tiempo que se ultiman los detalles con General Motors para la fabricación de locomotoras con motor diésel. De estas naves saldrá la primera diésel que recorrerá las vías españolas, la GL-12 de 1963.

La producción en estas naves continuaría, cada vez con menor volumen, hasta principios de los 90. Fue entonces cuando se decidió trasladar la empresa, conocida ya como Vossloh, a Albuixech, donde se encuentra actualmente, abandonando estas naves que a nadie ya parecían importarle...

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Villard de Honnecourt

por Miguel
martes, 12 de mayo del 2009 a las 01:12
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Dibujo de Villard de Honnecourt

Viajero incansable, que parece ser el epíteto adecuado a todos aquellos cuyas mundanas andanzas de aquí para allá han eclipsado cualquier otro resto de sus posibles logros cuando estaban vivos -cómo si no-.

Villard de Honnecourt es conocido precisamente por eso, por haber sido un viajero incansable, una apreciación derivada, consecuentemente, de la casi milagrosa conservación -y conocimiento- de un objeto que le perteneció, un libro de notas, el Livre de portraiture, un simple cuaderno en que se hizo eco de cuanto veía a través de unos maravillosos dibujos -a falta de fotografías- entre los que destacan los de arquitectura.

Villard nació en Picardía no se sabe bien cuándo. Murió en algún lugar de Francia justo cuando el siglo XIII se encontraba a la mitad de su andadura. Durante los años de su vida -¿muchos?, ¿pocos?- trabajó como maestro itinerante, que era lo que se llevaba en la época: canteros, arquitectos, escultores y toda clase de artesanos de la construcción cubrían con sus ropas con el polvo de los caminos europeos buscando en qué inmortalizarse. Pero más que arquitecto, Villard de Honnecourt fue un observador nato, interesado en las nuevas técnicas tanto constructivas como escultóricas de la época que le tocó vivir, de las gentes con las que se cruzaba en sus errantes desplazamientos, de la naturaleza y de la ingeniería. Había tal vez algo de placentero en su continuo movimiento de un lugar a otro, obligado sin duda por su trabajo pero, por qué no, por el placer también de no asentarse en un lugar fijo. Fruto de ese vagabundeo incesante es una de las joyas que hoy llamaríamos "cuaderno de viaje" o "literatura de viajes" a lo Javier Reverte: su libro de retratos es un gran álbum fotográfico que da cuenta de lo que Villard de Honnecourt vio y conoció, de todo aquello que le cautivó. Como el viajero contemporáneo que dispara su máquina fotográfica, aunque con bastante más acierto en el caso del picardo.

La fascinación sobre este personaje llevó en 1858 a que se editara y publicara su cuaderno, y a que en algunos lugares, como en Honnecourt, su lugar natal, se hayan formado asociaciones culturales con su nombre. Sabemos de él que visitó lugares como Cambrai, Reims, Laon, Lausana y que estuvo incluso en Hungría; un periplo más que aceptable para la época. Irónicamente, del hombre que no cesaba en su movimiento conservamos una de las más famosas representaciones de un ingenio de movimiento continuo de primera especie -tal vez el más conocido sin contar el de Leonardo da Vinci ni los móviles de autollenado continuo que son tema aparte-, algo perfecto para permitirnos esbozar una sonrisa en su honor.

Su viaje, como el de todos, terminó por llegar al final.

Mors est quies viatoris, finis est omnis laboris

Ubertino da Casale en El Nombre de la Rosa (Umberto Eco)

Hacerse a la mar

por Miguel
lunes, 11 de mayo del 2009 a las 17:03

Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que hay en mi alma un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me encuentro parándome sin querer delante de las tiendas de ataúdes, y en especial, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que me hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle a quitarle de un golpe el sombrero a los transeúntes, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda.

                                                                                                                                 Herman Melville: Moby Dick

Unas pocas imágenes del puerto de Gandía.

Las fotografías tienen el taumatúrgico poder de recordarnos hechos pasados. Estas capturas me recuerdan siempre una agradable conversación con un buen amigo acerca de las razones por las que la gente suele preferir las imágenes en blanco y negro. Una conversación más, al fin y al cabo, que hubiera ya olvidado posiblemente si no fuera por el potente refuerzo que brinda algo tan material, tan sujeto a lo físico -aunque haya llegado el indiscutible reinado de lo digital que, ¿qué es? ¿Físico o no?- como es la fotografía.

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Trànsit

por Miguel
domingo, 10 de mayo del 2009 a las 16:48

La improvisación hace la vida...

Una bailarina improvisa movimientos, los que se le ocurren, mientras suena la música en una sala del edificio histórico de la Universitat de València. Ante ella, fotógrafos y cámaras de vídeo colocadas en trípodes y controladas mediante ordenadores captan cada uno de ellos, impidiendo que se esfume, alargando lo efímero que los representa.

Todos desaparecemos. Puede que por eso la imagen tenga tanta fuerza, por lo que representa, por su capacidad de recordarnos lo que ya no está.

Y de esto hace ya algún tiempo, pero la chica aún sigue aquí...

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Móvil perpetuo

por Miguel
sábado, 09 de mayo del 2009 a las 15:37
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Móvil perpetuo

Un móvil perpetuo, o máquina de movimiento continuo, es una creación teórica que viola la primera ley de la termodinámica. Máquinas cuyo movimiento se presupone sobre el papel eterno, teniendo en cuenta unas condiciones que no son sencillas de poner en práctica, si bien algunas de ellas son irrealizables. Máquinas que, imprimiéndoles un poco de energía, son capaces de reproducirla para siempre, pero siempre bajo esa concepción teórica. En realidad, estos artilugios no funcionan durante toda la eternidad, aunque pueden hacerlo durante largos períodos de tiempo.

Como lo humanos...

Los humanos nos asemejamos mucho a los móviles perpetuos: máquinas imperfectas que en teoría deberían funcionar bien, que no dejan de producir energía, más energía de la que consumen para poder permanecer funcionando y que se mantienen siempre en movimiento; un movimiento que nos gustaría suponer eterno, pero que es finito porque de otro modo violaría tal vez la más fundamental de las leyes: la ley de la vida y la muerte.

Los humanos, siempre activos, siempre deseando hacer más y más, no dejamos de movernos, y con el tiempo lo que conocíamos se nos ha vuelto pequeño. Siempre hemos deseado explorar, desplazarnos de aquí para allá, por curiosidad o por necesidad. Viajar por placer, como consecuencia de la adquisición de los derechos de tercera generación, se ha sumado a este deseo de estar perpetuamente en movimiento. Y a esta actividad se han sumado otros placeres, como la fotografía, puede que lo que más perdurará de nuestras andanzas cuando nuestro nombre sea ya solamente un eco  que comienza a perderse.

Esta bitácora pretende reunir el extenso material gráfico procedente de otros lugares, otros países, otras gentes, de lejos y de cerca. Ser un reflejo de que, aunque asfixiados por un tiempo limitado, nuestro deseo es y será siempre no dejar de movernos.

Sobre el blog

Perpetuum mobile

Esta bitácora nace fruto de no saber qué hacer con todo el material gráfico acumulado durante años.

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