Macosa (ii)
Las naves de MACOSA han permanecido abandonadas durante casi veinte años. Durante ese tiempo, hasta su desalojo forzoso en 2008, se convirtieron en la casa y refugio de muchas familias. Sus altos muros, que ocultaban su interior, no hacían sino aumentar mi curiosidad por averiguar qué habría allá dentro, que habría quedado del pasado industrial de aquella empresa. Así que, un día, sin pensarlo demasiado, cogí la cámara, crucé las vías del tren y entré.
Sabe Dios quién había realizado un butrón en uno de los muros por el que a duras penas, encogido, se podía acceder al interior. Desde fuera podía verse algo, pero nada comparable a lo que se observaba traspasado ese pequeño umbral. La suciedad lo dominaba todo, impregnado de un color óxido que contagiaba incluso el aire. Todo parecía más triste allá dentro. Una nave enorme llena de hierbajos que, en algunos puntos, llegaban hasta las rodillas, chatarra, carritos de supermercado y restos de material de construcción. A lo lejos, al fondo, se veía un par de coches. Dí un vuelta explorando qué podía encontrar, tomando algunas fotografías: un sofá raído, una bota, más carritos de supermercado... Los antiguos baños se habían convertido en un lugar insalubre en el que, a pesar de la falta de agua e higiene, algunos seguían haciendo sus necesidades.
Las naves de MACOSA se habían convertido en los últimos años en un refugio de vagabundos y de drogodependientes, y algunos anexos de esa misma fábrica en las improvisadas viviendas de familias gitanas, pero también de otras que no podían pagar un alquiler. Que no podían pagar ni siquiera la comida a sus hijos. Familias que vivían al día.
Decidí internarme más. No se veía ni un alma, a pesar de que instantes antes de que entrase había visto salir a un chico joven, con la ropa desgarbada y muy sucia, de allí dentro. Llegué hasta los coches: chatarra que conservaba la forma del vehículo, pero sin nada más. Algunos estaban volcados. No pude dejar de pensar cómo los podían haber introducido allí, si ya desguazados o con el trabajo todavía por hacer. Ví que dos hombres, tal vez de mediana edad pues la lejana no me dejaba distinguirlos con claridad, se habían quedado de pie junto al agujero tanto de entrada como de salida. No creí que les hiciera mucha gracia que alguien anduviera sin su permiso por allá dentro haciendo fotos, y mucho menos con una cámara tan cara, de modo que preferí internarme más y alejarme de su mirada, evitando que me vieran.
Los espacios interiores eran auténticos vertederos. Para pasar hacia ciertos lugares había que caminar sobre la basura. Con cada pisada corrías el riesgo de hundirte en la inmundicia hasta las rodillas. Pasar por aquellas zonas en que la basura superaba el metro y medio de altura hubiera sido ya una locura. Las cucarachas campaban a sus anchas por los pantalones vaqueros y las asustadizas ratas corrían a refugiarse con cada nuevo paso. Tomé unas cuantas fotos a un par de habitaciones en que había botellas de cerveza a medio terminar, y ante la cercanía de unas voces decidí esconderme en una furgoneta de la que únicamente quedaba el metal. Decidí seguir avanzando hacia otras naves, ante la imposibilidad de poder salir. Creo que estuve cerca de un par de horas tomando fotografías, hasta que el butrón en el muro quedó libre. Había visto a un par de personas merodeando bastante lejos: me habían visto, pero como las ratas, se tornaban huidizas ante el objetivo de la cámara. Cuando ya iba a salir, ví a un hombre de unos treinta años parado observándome, a unos cien metros, poco más o menos. No supe de dónde había salido, ni lo había escuchado. Levanté la cámara para intentar hacerle una foto con el teleobjetivo, pero en ese momento me increpó. Y lo mejor que se puede hacer cuando un desconocido corre hacia tí es correr también. Salí de allí con el corazón a punto de estallarme y los pulmones ardiendo. Todavía tuve tiempo de tomar un par de fotografías más -la muñeca solitaria, ¿a qué niña habría pertenecido?- antes de volver a casa.
Aquel lugar transmitía una tristeza y una soledad, una desesperación y una impotencia, que me persigue hasta hoy, y que vuelve a mí cada vez que paso ante esas viejas naves industriales. Espero que esos recuerdos no desaparezcan con ellas. Son el símbolo de lo mezquinos que somos los seres humanos, de las grandes diferencias sociales que permitimos, por obra o por omisión.



